sábado, 30 de enero de 2010

Cómo apagar el café (leed antes la entrada anterior)

Todas las mañanas eran iguales: me despertaba e intentaba ponerme un café, pero ya ni eso me era posible. Siempre lo apagaba demasiado tarde. Victoria había hecho bien su trabajo: se me hacía imposible hasta la más estúpida acción. Siempre miraba obsesivamente el botón que encendía la vitrocerámica cuando la cafetera ya estaba preparada. Lo pulsaba. Y después me concentraba en no perderlo de vista. Pero Victoria, estuviera donde estuviera, siempre conseguía desconcentrarme, sin estar siquiera presente. Un instante era suficiente para que mirase a otra parte. Y después nunca encontraba el botón hasta que todo el café se había salido. Tampoco quitaba la cafetera de la placa. El sólo hecho de hacerlo me aterraba en cuanto desaparecía el botón. Y además, me daba igual. Total, es sólo café que se sale. Absolutamente todo. Después de que la cocina entera se hubiese puesto perdida, como por encantamiento, el puto botón de la vitrocerámica reaparecía. Pasó mucho tiempo asi. Años. Décadas. Yo qué sé. Victoria seguía ahí, pegando duro a jipis aventureros y a ejecutivos agresivos, quitando de enmedio a idiotas como yo y a genios también. Mirándome de reojo para reirse desde donde fuera.

Una mañana se me escapó un "qué puta eres" mientras buscaba el botón. Sin pensarlo, sin querer. Ya no sabía si eso era combatir o no. Después de estar años de brazos caidos, sin decir ni mu. Le eché otro envite pequeñito, igual: susurrando para mí mientras me daba igual que el café se saliera por enésima vez; "pero qué puta eres...". El arroz se me pasaba siempre y aquella vez no fue menos. La fruta estaba podrida y mohosa. La leche había caducado y era ya mala leche.Pero le eché otro envite pequeñito. Completé en voz baja "...Vicky."
Parecía que para matarme tendría que usar la guadaña. Ya es algo, pensé un poco a la ligera. Victoria llegó al instante, furibunda y me enseñó su guadaña afilada y letal. Se puso macarra: Retíralo o te mato. Ahora mismo.

Lo entendí todo y me dio la risa floja. Apenas cinco o seis baldosas me separaban de ella, de la mismísima muerte hecha jovencita mona. Poco más de un metro. Empecé el viaje hacia Victoria descojonándome entre gladiolos secos y cartas que había tiradas por la casa. El suelo estaba arañado, como por una despedida. Llovía afuera y escuché un trueno tremendo. Tomé aire del final Mayo hasta llenarme los pulmones. Victoria debía creer que me quedaría toda la vida esperando a que llegase Octubre. Pero se equivocó. Una brisa me trajo desde Lavapiés el recuerdo de millones de personas que me sonrieron. Sentí entrar en mis venas la sangre de los autobuses y las nubes que alguien me vendió a cambio de dos cigarros. Victoria temblaba como un soldado de hormigón, o de cristal, viéndome atravesar la cocina. Llegué por fin frente a ella, armado con tizas, con historias menudas, con enfados y con camisetas. Quise venderle mi periódico del mes pasado a cambio de una risa, o de una partitura. O de que me dijera dónde estaba el botón. Intenté venderle tres cafés y un par de consejos para un amigo que a mi me dieron resultado una vez, y tampoco dio resultado. Entonces recordé las palabras de mi viejo, que siempre parecían funcionar aunque nunca se supiera cómo: hijo, tú no eres menos que nadie así que duro y al hueso, hasta que se rompa.
¡Ajá! Encontré la solución. Dos seguidos, dos besos en su cara, que me supieron a insulto de famosilla de tres al cuarto. A ella parecieron sonarle a música de Bach, de Wagner o de Madonna. Se rió. Cometí el error de creer que ya estaba todo solucionado y me di la vuelta para apagar el café. Pero tuve reflejos suficientes para ver por mi tercer ojo, que Victoria, torpe y lenta como el Coyote ponía cara de victoria levantando la guadaña. Volví a encararme con ella, harto de que secase todas mis rosas del desierto y me dejase sin café todas las mañanas. No estaba dispuesto a pagar sobrecompensación alguna por estar vivo. Le agarré las muñecas, ligeras como un papel de caramelo y le dediqué unas palabras cariñosas:

Que te follen. Fuera de mi casa.

Entre tú y yo: no sé muy bien porqué se dio por vencida. Yo estaba aterrado. Uno no mira a la muerte a la cara todos los días y se pelea con ella. Pero funcionó. Intentando aparentar seguridad, de mal café, la eché de mi casa, a que se pudriese bajo el asqueroso cielo de alquitrán. Por fín, volví a la cocina,



¡y encontré el maldito botón!

Lo pulsé y joder, qué pestazo a quemado, a podrido, a cerrado, a pasado y a sucio, a lágrimas de cocodrilo y a mierda en los pulmones, pero también a todo el tiempo del mundo por delante. Ya se había salido casi todo el café. Pero no todo. Aquel medio café quemado me supo a gloria bendita.

Victoria

No suelo ganar. La victoria es una diosa que no siempre te pone un oponente delante: la mayoría de las veces eso sería demasiado fácil. La victoria no es tan evidente. Es como si no tuviera espíritu.
Victoria me miró con cara de aburrimiento. Soltó desganada la frase de siempre: a todos os pasa alguna vez. En fin. Me revolví entre las sábanas y le di la espalda. Vete, no hace falta que te quedes. Estaba bastante enfadado conmigo mismo. No por el gatillazo, no. Porque mi vida seguía siendo la misma historia de siempre: no avanzar.

Violencia
Sexo
Bricolage
Música
Teatro
Mujeres
Marcar gol
Viajar
Vivir solo
Trabajar
Ser el mejor

Bien, tengo que hacer algo. No dejar que la vida me pase por encima sin haberla vivido. Con veintiún años a mis espaldas, ahora soy más capaz que nunca de vivirla; pero me lleno siempre de excusas para no hacerlo: mi casa, mis amigos, mi ciudad, mi madre, mi cansancio. ¿Existe de verdad todo eso?
Existe Victoria, el deporte, los pisos pequeños y deteriorados, existe Jimi Hendrix, la Fura dels Baus, existe Italia, existen los contratos basura, los trenes y las taladradoras y los puñetazos. Existe el miedo.
Existe la muerte, que te espera paciente y sin decirte que tiene prisa por acabar su trabajo contigo e ir a por el próximo cliente.
Existe callarse y ni siquiera rechistar cuando te mandan que te calles y no rechistes. Existe el miedo. Dios sabe que si conozco algo en el mundo es el miedo. Existe el miedo que no es necesariamente susto ni riesgo, el que es sólo inmovilidad y el que es huida por norma sin perseguidor detrás. Existe madrugar de mala leche y esperar que el buen humor vuelva cuando quiera. Existe joderse y aguantarse para lo que uno desea, y también existe insistir cuando la vida es fácil y Victoria no tiene mejores candidatos. Existen las Victorias abúlicas y existe la tranquilidad octogenaria con sesenta años de adelanto.
Existen muchas cosas, pero más que ninguna, existe la levedad y la intrascendencia, la insoportable levedad del ser.
Victoria se levantó y recogió su sujetador, sus pantalones... entre dientes, sin ponerle atención, dijo: no me llames más, ¿de acuerdo? La miré y le dije: no me jodas más ¿de acuerdo?
Victoria cogió la puerta y salió de mi casa. Me levanté a por un café para ignorarla y empezar el día, y de reojo pude verla por la ventana. Estaba calándose bajo la lluvia, hablando con un chico joven que llevaba un makuto y dos semanas sin afeitarse. Estaba sonriente, Victoria con cara de victoria. Con una mano a la espalda sostenía la guadaña y con la otra se agarraba al brazo joven y aventurero de su nuevo acompañante. Me echó un ojo, escupió al suelo y siguió su camino. Leí en sus labios: ya era hora de trabajar con otro cliente.
Yo me miré: estaba vivo. Y no me sentía diferente de otros días. Todo mi cuerpo funcionaba correctamente, e incluso la marcha de Victoria, incomprensiblemente había dado paso a una erección eufórica. Pero sin ganas.
Todas las excusas que normalmente me ponía para no vivir ahora me parecían más que excusas: eran auténticas murallas insalvables, una detrás de otra. Una carrera, un grupo de amigos, una casa, una billetera vacía. Empecé a planificar el resto de mi vida, visto que mi espacio estaba cada vez más acotado: tendría que buscarle la gracia a mi nueva situación ¿Viajar? para qué. Me dije para qué, y realmente no le vi mucho sentido.
Victoria no necesita que deje de latirte el corazón para terminar su trabajo contigo: le vale con que no la llames, con que no le eches una carrera a ver quién consigue más. Victoria me había ganado sin siquiera tomarse la molestia de usar la guadaña.
Desde ese día no existe el miedo, ni Italia, ni vivir, ni trabajar, ni estar solo, no existe ni siquiera Victoria.

Existe solo la tranquilidad octogenaria con sesenta años de adelanto.

martes, 19 de enero de 2010

Nada en particular, 19 de enero.

mañana de invierno
dulce y amarga
como el café pasado de azúcar
gatos que hacen sonar sus cascabeles,
y voces de radiocasette,
guitarras pájaros y no saber qué hacer

dulce letargo de invierno,
silenciosa anestesia de la voluntad
te amo y te odio a partes iguales

apunto con mi arco al horizonte,
y bajo la flecha pensando:
mañana, mañana que hará sol, disparo.

viernes, 8 de enero de 2010

Simplificando... o intentándolo de nuevo

es... realmente curioso. uno se pasa la vida buscando, buscando dios sabe qué, la felicidad, o el equilibrio o cualquier otra cosa, un objetivo personal o profesional, un qué se yo, un algo que parece como intangible... como el silencio, que si pronuncias su nombre se rompe... uno le busca etiquetas, fórmulas, racionalizaciones, a la felicidad como el que le busca el código de barras a un árbol. hoy pienso que será la disciplina, mañana que el teatro, pasado que es sólo cosa de estado anímico, yo qué se. la búsqueda es parte del disfrute...

y viniendo hacia casa, con un frío de tres pares de huevos, leyendo mientras caminaba en plena noche de enero, de pronto, pararse y decir:

- (hablando solo):pero si yo sólo quiero tomarme una puta caña en paz con un amigo, y descojonarme de que todo sea un desastre, no le pido mucho más a la vida...

pero la cosa pide que si lo haces lo hagas bien:

COMER CON HAMBRE, DORMIR CON SUEÑO Y FOLLAR CON GANAS!

y poco más allá me llegan los razonamientos hoy.

lunes, 28 de diciembre de 2009

el señor juan

recuperar, levantar, respirar, tensar y destensar si fuera necesario, disfrutar y tener ganas, hacer y deshacer, riego los geranios y me cambio la camisa, me pongo una blanca, pensó el señor juan mirando por la ventana, parece que escampa pero no acaba de irse ese terco filtro gris, y ahora si que dale sin prisa y sin pausa a recuperar, levantar, respirar, tensar y destensar si fuera necesario, disfrutar y si la quimioterapia no funciona qué voy a hacer por dios, qué voy a hacer, pensó el señor juan.

martes, 25 de marzo de 2008

Seguratas (I)

Siempre canto (o actúo) en el Ramal de Ópera a Príncipe Pío, en los vagones del metro (acabo de descubrir cómo poner un link!, el cielo me sonríe hoy).

1. Es sólo una parada

-->o sea que siempre es final de recorrido.
--> o sea que el tren está parado en el andén siempre unos minutos (2-4) y yo de acá para alla, intentando que los seguratas no me vean, y escogendo el vagón que mejor público tenga. si, señores, a USTEDES les escojo YO.

2. Con una duración del trayecto de apenas tres minutos, según qué día tenga el conductor:

-->eso implica que más vale que te des prisa en ganarte a la gente o será demasiado tarde
-->eso implica empezar muchas veces a presentarse (me gusta más hablar que cantar) antes de que estén las puertas cerradas, hacerlo todo sin saber exactamente cuánto tiempo tienes
--> eso implica que en cualquier momento antes de que se cierren las puertas, puede entrar cualquiera.

esas son mis circunstancias habituales ok?

El otro día empiezo a presentarme. era un vagón amable, nocturno, vagón de gente que sale de currar y quiere llegar a casa pronto. el tren no arranca, los seguratas siguen pululando por el andén. así que aprovecho (como siempre) el lado cómico de la situación: me marco un pequeño monólogo improvisado sobre los vigilantes de seguridad.

van por colores. es un poco como el judo,

está el marrón. nadie sabe porqué el agente de la seguridad va vestido de color mierda. bueno, sí, realmente uno se hace una idea ligera, pero...

luego está el segurata verde, que es como un guardia civil sin tricornio, esto es como un nivel 2.

y por último está el semimadero o segurata azul, ese que más se parece a los maderos de verdad, o a los munipas, el tipico segurata que te habla de usted y te habla del "reglamento de viajeros" antes de echarte por cantar en el metro. además que hablan del "reglamento" como si fueran los diez mandamientos.

todos tienen la misma autoridad. pero yo estoy seguro de que al azul o semimadero no le hacen las mismas preguntas que al segurata color mierda.

y suena por ahí: mira, yo soy vigilante de seguridad si quieres te digo lo que me preguntaron...

no sabéis lo gracioso que resulta tener un segurata color mierda que acaba de salir de currar y va de paisano entre el público del vagon... pero conseguí completar la actuación, cantar una canción durante el trayecto y que el segurata aplaudiera!!!

jueves, 20 de marzo de 2008

Aunque tú no lo sepas

Sencillamente, me encantas. Y apenas te conozco. Prefiero no darle mucha importancia y tener claro que no tiene ningún sentido. Que es un capricho.

A veces pienso que soy muy evidente. Nunca he sabido disimular muy bien. De pronto, el quedarse mirando un segundo embobado, mirar a los ojos o a la boca como queriendo ver más, conocer cosas que sólo con la mirada no se saben. y despertar repentinamente cuando me doy cuenta de que me devuelves la mirada. Más de un segundo de mirarte porque sí... es demasiado como para que sea porque sí. así que me escondo mirando otra cosa, o te echo lo que pretende ser una sonrisa con algún comentario intranscendente o un gesto gracioso.

pero es un sentimiento extraño. sé que si pasa de ser platónico, mi interés por ti desaparecía. o eso creo. no lo sé. quizás llegues a ser la mujer de mi vida (cosa que dudo), o una buena amiga, una novia de varios meses, una locura de un noche o de varias, por ahora eres sólo una buena conocida a la que veo con frecuencia.

sé que me quisiste por un momento. que durante unos minutos sentías algo por mi. y tengo guardado en el recuerdo un abrazo pequeño y cálido, un beso sincero de amor, de compañía sin condiciones. y un silencio a medias. luego todo terminó, al fin y al cabo, era sólo teatro.

las puertas están cerradas, y realmente es lo mejor. lo contrario sería fuente de complicaciones. de agobios e incomodidades, de no saber qué hacer cuando baje a la tierra y el día a día esté ahí.

pero por un rato,

por un rato sabía que no me equivocaba al pensarte a ti entre todas las cosas.

Amigos, conocidos interesantes, nuevos amigos, viejos amigos, antiguos conocidos


hay gente con la que te relacionas normalmente, que te hacen feliz y que consideras a tu nivel, gente a la que tratas como un igual, que con el tiempo y la confianza van descuidando las formas y tu las descuidas con ellos. amigos, conocidos, familiares, compañeros de trabajo...

con esa gente, cuando ya no hay frontera de la confianza, que puede ser ficticia, o puede ser muy profunda, con esa gente uno es como realmente quiere ser.

también es cierto, creo, que según dónde estés, aunque sigas siendo el mismo, saldrán a relucir unas partes u otras de tu personalidad, ya sea por integración o por oposición a la gente con la que compartes un rato.


y hay gente que te llama la atención. gente y no necesariamente por cuestión de amor o sexo, sino por mero atractivo, llamémoslo personal, que quisieras conocer más o fondo, que querrías que te dedicasen su tiempo, sus llamadas, que te gustaría ser su paño de lágrimas si necesitan uno.
a veces con esa gente querrías hablar y sientes que no tienes nada interesante que decir. querrías ofrecerles un ratito en un parque, o quedar sin motivo alguno, pero temes que se sientan invadidos, atosigarles... por algo tan trivial! el ser humano es curioso. de vez en cuando, al mirar el móvil y repasar tu agenda un viernes por la tarde por ejemplo, te paras un poquito más en sus teléfonos y piensas:

- le llamo?

no.

- una llamada perdida?

... para qué?

- le envío un sms.

... para eso mejor le llamo. y la verdad que es tontería. bueno, voy a llamar a los colegas de siempre.

y a esos si que les llamas para nada en particular, sin necesidad de preaviso, por costumbre.

es algo que a mi me ha pasado varias veces, supongo que a todos. y creo que es un proceso más o menos inevitable:

hay gente con la que ya eres feliz, con la que te sientes identificado y que te da la sensación de que están ahí para ti y tú para ellos desde hace una eternidad. les quieres, pero con el tiempo te has dado cuenta de que te sientes algo estancado con ellos. que ya les conoces lo suficiente y que no te aportan nada.

a veces es dificil pararse a pensar si tú les aportas algo a ellos.

pero son casi un seguro emocional.

y también aparte de los que te son más cercanos, conoces a otra gente. de esos que mencionaba antes, gente que te atrae y con la que quisieras relacionarte más. con algunos de ellos consigues cultivar poco a poco una relación plena de novedades, que funciona como un reloj, estimulante y que a veces te revela o potencia facetas de ti mismo que desconocías o sencillamente no habías atendido tanto hasta ahora.

y esa nueva gente, va ocupando cada vez más tiempo en tu agenda, tus pensamientos y quehaceres sociales.

vas tomando confianza con ellos.

y poco a poco son tu seguro emocional. son gente con la que te relacionas normalmente, que consideras más o menos a tu nivel...

el siguiente paso está al principio de este post.

lunes, 17 de marzo de 2008


Lugar: aki, al sur de atocha
Hora: Minutos antes del café de después de comer
Plan de hoy: Quizás llame a Rocío (maravillosa ella) para tomar un te que tenemos pendiente desde hace un tiempo.
Iré al metro a cantar un rato, o a conversar con la gente o a dios sabe qué, pero iré, seguro

Semana Santa.
Me hacen falta vacaciones.
Autoestima.
Pasta.
Curro.
y la ilusion de que alguien me sorprenda.

hace meses, quizás casi un año que no actualizo el blog. lo daba por abandonado. pero puede que me venga bien tenerlo
quien sabe.
pregunta:
¿qué váis a hacer esta semana santa?
yo, disfrutar de madrid tranquilamente.

besos!!!